martes, abril 21, 2026

Las lecciones de oratoria de Raúl del Pozo a los políticos al observar el ‘ruido de la calle’

FRANCIS OCHOA, CONSULTORA DE COMUNICACIÓN / 21 DE ABRIL DE 2026

Todas aquellas personas realmente preocupadas por el ruido de una calle cada vez más crispada, hemos seguido con mucha atención las columnas de Raúl del Pozo en las que nos alertaba de la perversa, tóxica y torticera utilización del lenguaje de los políticos; pura manipulación, combustible de alto octanaje para una sociedad que han convertido en polarizada e irrespetuosa. Por esta razón, él creía firmemente que “uno de los deberes de los gobernantes debería ser devolver la dignidad y la veracidad al lenguaje después de tantas promesas incumplidas y tanta demagogia populista” (DANA llega al Senado /17-5-23).

Como buen periodista y experto en comunicación, Raúl del Pozo era conocedor de una de las recetas clave para la eficacia de un mensaje: la repetición. De ahí que no dejara de repetir, especialmente en los últimos diez años, que el lenguaje, la materia prima de un representante público, estaba siendo maltratada sin compasión hasta llegar a vaciar las palabras de contenido, y, lo que es más grave, prodigando graves insultos hacia el otro en espacios sagrados donde la impostura y lo fake nunca deberían haber entrado.

Raúl creía que la manipulación y perversión del lenguaje por los políticos se inició con los populismos y siguió con los nacionalismos hasta permeabilizar al bipartidismo “que han sustituido la reflexión por la grosería y el idiotismo (Política: grosería e idiotismo / 5.7.18-) o  “que insisten en la estúpida teoría de que las palabras no delinquen cuando es sabido que son palabras cargadas; defienden los plebiscitos ilegales como actos democráticos” (Pablo Iglesias: virtud o virtú  / 2.10.2018)

Quienes conocemos el canon teórico que nos enseñaron la Retórica de Aristóteles,  El orador de Cicerón, o las Instituciones Oratoria de Quintiliano, comprobamos que él los trascendía con una pléyade de nombres de distintas épocas y geografías como Demóstenes, Plutarco, Azaña, Castelar, Orwell, Gramsci o Bertrand Russell, además de a Maquiavelo o Talleyrand… a los que aludió más de una vez en sus columnas en El Mundo.

“Pablo (Iglesias) tiene clara la consigna gramsciana del que controla las palabras controla la realidad” y tenía meridianamente claro entonces que “la principal batalla va a ser la cultural, la del lenguaje y el relato” (En España no hay sardinas. 21.1.2020) Eso lo escribió en enero del año 2020. ¿Cuántos años lleva el relato entre nosotros? ¿Quién no recuerda el “que no nos ganen el relato” del exfiscal general del Estado, Álvaro García Ortíz, pronunciado cuatro años más tarde?  

Coces e insultos de taberna

Se mostró absolutamente en contra del uso del improperio y del insulto. Lo vemos en distintos artículos espaciados en el tiempo. “Nos merecemos debates en los que la retórica no se base en coces o insultos de taberna (Política: grosería e idiotismo / 5.7.2018) o “las sesiones de control siguen escenificándose entre la soflama, la perorata y el insulto (…) nunca se despreció la dialéctica como ahora (La calamidad sin control / 28.10. 2020). Es dramático releer todavía Un tigre entre los ojos (8.7.2021) cuando escribió sobre Samuel, un enfermero gay que fue apaleado hasta morir por un grupo de exaltados: “Cada día presenciamos insultos en el Parlamento que se extienden como linchamientos mediáticos en las redes (…) Creo que la retórica, definida por los antiguos como obrera de la persuasión, en el Parlamento y en los mítines se utiliza para torcer el cuello al adversario cuando la homofobia de nuevo cuño y el odio al emigrante se extienden por la ciudanía”.

El decálogo del buen orador

Basándonos en sus citas, enumero algunas lecciones que deberían convertirse en guía entre aquellos en quienes hemos depositado la buena gestión de nuestra vida pública: un respeto a la palabra hablando con propiedad: “Qué pena que Séneca no sea diputado por Córdoba para que les dijera desde la tribuna que no hablen como charlatanes ambulantes” (Los colmillos de Rivera / 30-11-17); ser moderado en la forma y en el fondo: “Decían los antiguos que en la oratoria no hay que bracear ni alzar la voz, ni cosquillear los oídos, ni tratar de envilecer al público, (Con las botas puestas / 18.12.17); evitar la teatralidad y permitirse alguna ironía inteligente: “Plutarco aconsejaba a los políticos que si querían persuadir en sus discursos los afinaran sin efectismos porque la arenga no debe ser teatral ni erudita, aunque sí admite máximas, relatos históricos, míticos y metáforas, con sarcasmos y bromas siempre que se responda a una provocación (Política: grosería e idiotismo / 5.7.18); escuchar y responder sobre lo hablado: “Azorín, cronista en Cortes, escribió que el orador parlamentario ha de ser como el cazador: «Ha de disparar a la liebre cuando salta». Los de ahora disparan desde casa, traen los insultos escritos. (La calamidad sin control / 29.10.2020 ); saber persuadir: no por mucho hablar… “Los políticos son profesionales de darle a la larga en esa haraganería sufragada que es la política, pero no aprenden oratoria. No son tan responsables como los griegos o los romanos, que llevaron la persuasión a la cumbre, con oradores como Demóstenes o Cicerón (El arte de darle a la ‘larga’ / 9.7.2021); decir la verdad,demagogia no: Los romanos aconsejaban que la elocuencia consagrada a la verdad ha de ser austera y simple, sin intentar conmover a la turba o emplear la vulgaridad para adoctrinar a un auditorio inexperto (La hora de la calle / 14.9.23) no insultar ni patear: “En el Congreso y el Senado se patea y se insulta, y los cronistas hablan del bajo nivel del parlamentarismo. Escriben que el hemiciclo es un cuadrilátero (El pasado fue peor / 12.4.2024) y argumentar, argumentar y argumentar… y, si es posible, deleitando: “En las asambleas atenienses se daba por sentado que un argumento debía ser refutado por otro, y al final ganaba el mejor. El que era capaz de agradar, convencer, deleitar, conmover y persuadir, como Demóstenes, se imponía. (Decadencia de la oratoria / 13.12.24).

Pedro Sánchez y la polarización

Pero este óptico general del estado de la cuestión (“la política en España no es un combate de relatos, sino un certamen de injurias” (Partidas sin relato / 22.7.22) no sería tal si no aludiera al Presidente del Gobierno a quien otorga un papel estelar. A su juicio, Pedro Sánchez es el principal culpable: “La polarización alcanza una dimensión guerracivilista porque el presidente del Gobierno encabeza uno de los bandos” (Democracia defectuosa / 27.11.25), una idea cuasi constante en “sus ruidos”:  “Esto de la mentira ha empeorado en la época de la posverdad, en la que la razón de Estado ha degenerado en marketing del partido. Y la Moncloa debería llamarse el palacio de los cuentos”. (DANA llega al Senado / 17.5.23) O esta otra: “Con este Gobierno se ha oscurecido el Congreso. La oratoria parlamentaria ha experimentado un declive desde la Transición y, por supuesto, desde la República. No se intenta convencer al adversario, sino degradarlo (Pedro sin ‘storytelling’ / 27.3.25)

Lo que antecede es un botón de muestra de lo que “El ruido de la calle” puede enseñarnos sobre aquellos que socavan la dignidad del lenguaje y la urgencia de recobrarla. Como dijo Felipe González en el entierro de Javier Lambán: “¿se imaginan un mes sin insultos?” Ojalá un Raúl del Pozo póstumo pueda hacer replantear a sus señorías que las palabras, aunque sean gratis, tienen tanto valor en su significado milenario que deben ser respetadas como la propia vida. Que nadie se ennoblezca hablando de otros valores si no empiezan por el valor de palabra. Tanto por la precisión de su significado, como por el cumplimiento de lo prometido.