ARTÍCULO DE LUDI GARCÍA (SEC NEWGATE SPAIN) / Durante más de una década, el marco ESG ha ayudado a las empresas a ordenar sus compromisos medioambientales, sociales y de gobernanza. Ha sido una herramienta útil para poner nombre a responsabilidades que antes quedaban difusas. Sin embargo, el contexto en el que nació ese marco ya no es el actual. Hoy operamos en un mundo fragmentado, más polarizado y con prioridades sociales que varían de un país a otro. Y en este escenario, las fórmulas globales empiezan a quedarse cortas.
Por Ludi García, Directora General de SEC Newgate Spain / 23 de febrero de 2026
Los datos del SEC Newgate Impact Monitor 2025 en España son claros: existe una brecha entre lo que la ciudadanía espera de empresas y gobiernos y lo que percibe que realmente están haciendo. Solo cuatro de cada diez españoles creen que el país va por buen camino, y la mayoría considera que las grandes organizaciones aún no están a la altura en su comportamiento responsable. Esta percepción no es un detalle menor. Es un indicador directo del contexto emocional en el que las compañías operan hoy.
La ciudadanía española demanda empresas más comprometidas con su entorno inmediato. No se trata solo de declaraciones de intenciones o grandes compromisos globales. Se trata de impacto tangible en lo local: invertir en comunidades, trabajar con proveedores responsables, crear empleo de calidad, producir y abastecerse en el país cuando sea posible. En España, producir, contratar y pagar impuestos aquí mejora de forma significativa la percepción pública de una empresa. La reputación ya no se construye solo con promesas; se construye con presencia real en los territorios.
La sostenibilidad, además, se ha convertido en un factor reputacional clave. Siete de cada diez personas mejoran su percepción de una empresa si utiliza energías renovables o demuestra un compromiso ambiental creíble. Sin embargo, también existe una tensión evidente: los ciudadanos quieren que las empresas actúen frente al cambio climático, pero son más reticentes cuando esas medidas implican costes directos para el consumidor o afectan a su economía personal. Este matiz es fundamental para las compañías: el liderazgo ambiental debe ser ambicioso, pero también honesto y realista en su implementación.
Otro de los grandes retos que revela el estudio es la transparencia. Solo una minoría de la población cree que las grandes empresas son suficientemente abiertas sobre lo que hacen y cómo lo hacen. En un contexto de desconfianza generalizada, la opacidad no es una opción neutral: es un riesgo reputacional. La transparencia, la rendición de cuentas y la capacidad de escuchar de verdad a los grupos de interés se han convertido en expectativas básicas, no en elementos diferenciales.
Por todo ello, desde SEC Newgate hablamos ya de un paso “del ESG al impacto”. No se trata de abandonar los compromisos globales, sino de traducirlos a realidades locales. Lo que refuerza la reputación en un país puede no hacerlo en otro. Pretender mantener una única narrativa y estrategia ESG para todos los mercados es, hoy, una vulnerabilidad. Las empresas que entiendan las prioridades específicas de cada sociedad —en el caso de España, la vivienda, la sanidad, la educación, el empleo y el desarrollo local— estarán mejor posicionadas para generar confianza y legitimidad social.
En un mundo fragmentado, la coherencia no se logra repitiendo el mismo mensaje en todos los países, sino alineando propósito global con impacto local. Las compañías que sepan leer este cambio no solo protegerán su reputación: ganarán relevancia. Y en el contexto actual, la relevancia es uno de los activos más valiosos que una empresa puede construir.







