miércoles, octubre 28, 2026

¿Y si la inteligencia artificial sigue contando quién eras hace seis meses y no por lo que haces hoy?

POR MARIAN GÓMEZ-CAMPOY, PERIODISTA Y FUNDADORA DE MGC&Co PUBLIC RELATIONS / 28 DE OCTUBRE DE 2026

Hace unos días, mientras trabajábamos en la estrategia de posicionamiento de una marca, surgió una cuestión que merece especial atención desde el ámbito de las relaciones públicas: ¿evoluciona la reputación de una empresa al mismo ritmo que su actividad y su propuesta de valor?

La transformación de los negocios se ha acelerado. Las empresas incorporan nuevos servicios, desarrollan especialidades, redefinen sus prioridades y adaptan su oferta a las necesidades del mercado. Sin embargo, estos cambios no siempre encuentran un reflejo inmediato en su posicionamiento público.

Una compañía puede haber reorientado su actividad, actualizado su discurso corporativo y definido nuevas áreas estratégicas, mientras los medios, las referencias de terceros y otras fuentes de información continúan asociándola a su etapa anterior.

Esta diferencia entre la identidad actual de una organización y la percepción que existe sobre ella adquiere especial relevancia con la incorporación de los asistentes de inteligencia artificial a los procesos de búsqueda de información y recomendación.

Cuando un usuario consulta ChatGPT, Gemini o Claude, la descripción que obtiene de una empresa puede apoyarse en información que ya no representa adecuadamente su actividad, sus capacidades o sus principales áreas de especialización.

El desafío no consiste únicamente en actualizar lo que una marca comunica sobre sí misma, sino en conseguir que su evolución también se refleje en las fuentes que contribuyen a construir su reputación.

Desde esta perspectiva, la revisión de los territorios comunicacionales deja de ser un ejercicio puntual de posicionamiento para convertirse en una responsabilidad estratégica y continuada de las relaciones públicas.

Definir los territorios comunicacionales exige identificar los ámbitos en los que una organización quiere ser reconocida, las capacidades que puede acreditar y los asuntos sobre los que tiene algo relevante que aportar. No son una lista de temas de actualidad ni un catálogo de servicios: deben responder a la realidad de la organización y a su propuesta de valor.

Tampoco conviene tratarlos como una definición permanente. Una empresa puede incorporar nuevas capacidades, abandonar líneas de actividad o cambiar de público prioritario. Revisar sus territorios no significa reinventar su identidad cada trimestre; significa comprobar que su narrativa continúa siendo fiel a su evolución.

Actualizar una página corporativa es necesario, pero no modifica por sí solo las entrevistas publicadas años atrás, los perfiles profesionales desactualizados o las referencias de terceros que siguen circulando. Cada una de esas piezas contribuye, con distinto peso, a la imagen pública de la organización.

Los asistentes de IA pueden recurrir a fuentes diferentes y ofrecer respuestas variables según la consulta y el contexto. No existe una correspondencia automática entre una actualización corporativa y lo que un asistente responderá. Precisamente por eso resulta útil observar si el relato público acompaña los cambios de la empresa.

La misma situación se produce con directivos y profesionales. Una persona puede asumir nuevas responsabilidades, consolidar una especialidad o cambiar de sector mientras su presencia pública continúa describiendo una etapa anterior. Su trayectoria no deja de ser valiosa, pero el relato profesional necesita incorporar lo que hoy aporta.

Trabajar su marca personal no equivale a optimizar un perfil de LinkedIn. Implica definir una contribución reconocible, seleccionar territorios de autoridad y sostenerlos con experiencia, resultados y referencias independientes.

Quienes nos dedicamos a las relaciones públicas conocemos bien la diferencia entre aparecer y posicionarse. Una publicación puede generar notoriedad sin ayudar a explicar por qué una marca merece ser reconocida en un ámbito concreto.

La visibilidad es más valiosa cuando refuerza una narrativa consistente y facilita que los públicos comprendan qué hace una empresa, qué la distingue y qué pruebas respaldan su propuesta. Los medios y las voces externas pueden contribuir a esa credibilidad, sin que ninguna acción aislada determine por sí sola la reputación.

Propongo una comprobación sencilla: preguntar a varios asistentes de IA en qué está especializada una empresa, qué la diferencia de sus competidores y en qué temas se la considera una referencia. Después, contrastar esas respuestas con sus territorios comunicacionales actuales y revisar las fuentes disponibles.

No es una auditoría definitiva ni una medición de reputación. Es una señal adicional que puede revelar desajustes, omisiones o descripciones que han perdido vigencia.

Una empresa puede estar construyendo su siguiente etapa mientras su reputación pública continúa contando la anterior. Para las relaciones públicas, la tarea consiste en reducir esa distancia con información clara, contrastable y sostenida en el tiempo.

Antes de preguntarnos si la inteligencia artificial recomienda una marca, conviene preguntarnos si ha construido un territorio comunicacional suficientemente claro para ser reconocida.

Para que la IA pueda recomendarte, primero tiene que entenderte. Y recuerda: TODO COMUNICA.