ARTÍCULO DE ANA PEREIRA (ESTUDIO DE COMUNICACIÓN) / En la guerra, el primer territorio que se disputa no siempre es un país o un estrecho por el que discurre buena parte del tráfico comercial marítimo: es la mente. Naciones Unidas lo resume sin rodeos al describir la desinformación —junto con el discurso de odio— como “armas de guerra capaces de encender tensiones y anticipar brotes de violencia”, hasta el punto de que las misiones de paz rastrean rumores y narrativas hostiles como parte de su trabajo diario.
CON EL APOYO DE PRESSCLIPPING, SEGUIMIENTO DE MEDIOS
Por Ana Pereira, asociada de Estudio de Comunicación / 6 de marzo de 2026
Una de las primeras víctimas de todas las guerras ha sido siempre y será la verdad, porque las grandes contiendas se han ganado históricamente, no solo a base de armas sino también con batallones de mentiras. En este contexto conflictos bélicos como el que acaba de estallar en Irán son terreno abonado para la desinformación.
La idea no es nueva. En la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos creó el Committee on Public Information (CPI), una estructura estatal para influir en la opinión pública y sostener el esfuerzo bélico; sus archivos oficiales dan cuenta de materiales producidos con fines propagandísticos.
En la Segunda Guerra Mundial, el gobierno estadounidense institucionalizó aún más la “gestión del relato” con la Office of War Information (OWI), cuya misión incluía ejecutar programas de información para promover en casa y en el extranjero la comprensión de políticas y objetivos de guerra.
No podemos olvidar la famosa frase atribuida a Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de la Alemania nazi y que sintetiza magistralmente la esencia de lo que es la desinformación: “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad», que pese a que no haya constancia de que Goebbels llegara a pronunciarla nunca, a fuerza de atribuírsela ha quedado prendida a su memoria como un broche.
Desde entonces, la desinformación dejó de ser un “acompañamiento” de la batalla para convertirse en un recurso planificado: útil para desmoralizar, justificar invasiones, ocultar derrotas, erosionar alianzas y confundir al ciudadano de a pie. Una táctica, que pese a tener casi un siglo de antigüedad sigue muy de actualidad.
Durante la Guerra Fría, esa lógica de planificación se profesionalizó con las llamadas “medidas activas” del aparato propagandista soviético: falsificaciones, rumores y operaciones políticas diseñadas para manipular percepciones y dividir sociedades; en definitiva, instrumentos al servicio de la contienda para “debilitar” a adversarios y condicionar el entorno internacional.
En los conflictos actuales, el método persiste, pero el canal se ha multiplicado e inmediatizado. La Relatora Especial de la ONU sobre libertad de opinión y expresión advirtió que, “durante conflictos armados, la manipulación informativa puede obstaculizar derechos, poner en riesgo a periodistas y distorsionar la comprensión pública de los hechos en tiempo real”. Algo que desgraciadamente hemos visto con demasiada frecuencia tanto en los métodos del gobierno israelí como en los de su contrincante Hamás.
La OTAN, por su parte, reconoce que afronta “amenazas informativas” desde su creación y que estas se intensificaron tras 2014, con campañas hostiles vinculadas al entorno de seguridad europeo.
Por su parte la Unión Europea ha llegado a incorporar mecanismos de crisis en su marco regulatorio digital, citando explícitamente la guerra en Ucrania y la manipulación de información online como parte del contexto que lo hizo necesario.
El caso de Ucrania ofrece una radiografía del fenómeno. La plataforma EUvsDisinfo, creada en 2015 para mejorar la respuesta europea ante campañas de desinformación pro-Kremlin, mantiene una base de datos pública que ya supera las 19.000 entradas y se actualiza semanalmente. En paralelo, instituciones europeas han advertido del cruce entre ciberataques y propaganda: un informe del Parlamento Europeo señala que, junto al robo de datos y el sabotaje digital, han aparecido operaciones de desinformación “incluida” tecnología deepfake.
La aceleración tecnológica añade un componente decisivo: cualquiera que sepa manejar medianamente algunas herramientas de edición de video es capaz de fabricar “evidencia” audiovisual de manera barata, bastante realista y de difusión instantánea.
Los verificadores de noticias como EFE Verifica o Newtral tienen ardua tarea por delante porque tal y como alerta la UNESCO la línea entre lo real y lo generado por IA se vuelve cada vez más borrosa a la par que peligrosa. En un frente saturado de vídeos, capturas y audios, la pregunta deja de ser “¿qué ha pasado?” para convertirse en “¿cómo sabemos que ha pasado?”.
Por eso, hablar de desinformación como arma no es una metáfora. Cumple funciones tácticas (confundir al enemigo), estratégicas (fracturar apoyos internacionales) y políticas (blindar decisiones ante la opinión pública). Si estas tres categorías compitieran en las Olimpiadas la medalla de oro sería sin duda para EE.UU.
De las oficinas de propaganda del siglo XX a las granjas de contenido y deepfakes del XXI, la conclusión es incómoda pero consistente: en las guerras pasadas y presentes, la desinformación no es un efecto colateral, sino uno de los recursos más usados para inclinar el resultado llegando allí donde no llegan misiles y drones.
Me gustaría tener una varita mágica para poder acabar con toda la desinformación y de paso con todas las guerras. Desafortunadamente no la tengo, por eso me agarro fervientemente a la labor de tantos compañeros de profesión que guerra tras guerra tratan de contarnos la verdad y son el mejor escudo antiaéreo contra la desinformación.
CON EL APOYO DE PRESSCLIPPING, SEGUIMIENTO DE MEDIOS








