POR NATALIA FERNÁNDEZ LAVIADA,SUBDIRECTORA GENERAL EN PREVENCIÓN, CALIDAD Y COMUNICACIÓN EN FRATERNIDAD-MUPRESPA / 5 DE JUNIO DE 2026
La comunicación en Prevención de Riesgos Laborales (PRL) atraviesa un momento de inflexión. Durante décadas, el discurso preventivo ha orbitado en torno a la norma, el procedimiento y la sanción, configurando un lenguaje técnico imprescindible para garantizar rigor, pero insuficiente para generar cultura preventiva real.
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Defiendo que la prevención necesita un nuevo lenguaje, no por estética, sino por eficacia cultural. Pongo como ejemplo la campaña #VamosACreérnoslo, de la entidad que represento, Fraternidad-Muprespa, y que sintetiza una idea con gran claridad: la PRL no avanza únicamente por la vía normativa, avanza cuando quienes la impulsan creen en ella, cuando las organizaciones la interiorizan como valor y cuando la sociedad la reconoce como un componente esencial del bienestar laboral.
La campaña se articula en torno a un principio que trasciende el eslogan: la prevención también es una forma de cuidar, una afirmación que desplaza el foco desde la obligación y el cumplimiento hacia la identidad organizativa.
Del discurso técnico a la narrativa cultural
Este análisis parte de una constatación incómoda: seguimos comunicando prevención como si habláramos para nosotros mismos.
Tenemos el primer problema del lenguaje técnico, necesario en auditorías o memorias, pero en jornadas, cursos y congresos se traslada muchas veces sin mediación a trabajadores, mandos o ciudadanía, generando distancia cognitiva y emocional. La comunicación preventiva, cuando no se traduce, se vuelve irrelevante. Y la irrelevancia, en un entorno saturado de estímulos, equivale a invisibilidad.
A ello se suma un segundo problema estructural: la PRL ha sido históricamente asociada a la obligación. El discurso del “debes”, “tienes que” o “está prohibido” ha configurado un marco mental donde la prevención se percibe como freno, carga o burocracia. Sin embargo, la evidencia demuestra que las personas no toman decisiones preventivas desde la imposición, sino desde la percepción de utilidad, pertenencia y coherencia. El relato preventivo debe, por tanto, migrar desde la coerción hacia el valor.
El tercer elemento crítico es la ausencia de emoción. La prevención ha hablado abundantemente de riesgos físicos, pero muy poco de cómo se siente el personal en su trabajo. Bienestar, salud mental, fatiga, conciliación o hiperconectividad son dimensiones que hoy definen la experiencia laboral. Integrarlas no es banalizar la técnica, sino reconocer que la PRL opera sobre personas, no sobre expedientes.
«La comunicación preventiva, cuando no se traduce, se vuelve irrelevante. Y la irrelevancia, en un entorno saturado de estímulos, equivale a invisibilidad«
Este cambio de paradigma exige comprender que informar no es influir. La mayoría de los accidentes no se producen por desconocimiento del riesgo, sino por decisiones tomadas en contextos reales: prisa, exceso de confianza, presión productiva o normalización del atajo. Influir en comportamientos seguros implica incorporar psicología, hábitos, cultura organizativa y narrativa. Implica convertir procedimientos en historias reconocibles, desplazar el miedo en favor de la responsabilidad compartida y sostener los mensajes con coherencia organizativa.
Emoción, influencia y digitalización, pilares de la comunicación del siglo XXI
En este contexto, quiero subrayar el papel estratégico de LinkedIn como espacio para reposicionar la PRL en el debate público. Con más de 310 millones de usuarios activos mensuales, la plataforma permite algo que el sector ha necesitado durante años: poner rostro a la prevención, conectar con perfiles directivos, insertar la SST en conversaciones sobre liderazgo, salud mental o sostenibilidad, y construir comunidad más allá de la comunicación vertical tradicional.
La confianza, ese intangible que sostiene toda cultura preventiva, se construye hoy también en los entornos digitales.
Amplío la reflexión hacia el impacto de la inteligencia artificial en la comunicación preventiva. Creo que el enfoque debe ser equilibrado: la IA no aporta criterio ni valores, pero sí capacidad, extensión, velocidad y escala. Permite segmentar mensajes, traducir lenguaje técnico, anticipar patrones de interacción y liberar tiempo profesional para lo verdaderamente insustituible: escuchar, acompañar y generar esa imprescindible confianza. La IA, bien utilizada, no sustituye la cultura preventiva, pero si puede potenciarla.
Finalmente, no podemos dejar de mencionar un fenómeno que está transformando la comunicación digital: el zero click. Más del 60–70% de las búsquedas globales ya no derivan tráfico a páginas web, canibalizado por la IA, la divulgación preventiva debe adaptarse a un ecosistema donde la información se consume en el propio buscador. Este cambio obliga a repensar formatos, estrategias y métricas, alejándose de indicadores de vanidad y orientándose hacia impacto real.
El mensaje es inequívoco: la prevención necesita un nuevo lenguaje porque necesita una nueva forma de ser comprendida. Un lenguaje que traduzca sin trivializar, que emocione sin perder rigor, que conecte sin renunciar a la técnica y que construya cultura, no solo cumplimiento.
La PRL del siglo XXI no se juega únicamente en los procedimientos, sino en la narrativa que los sostiene. Y esa narrativa debe empezar por creérnosla.
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