viernes, septiembre 18, 2026

Periodismo: la conquista silenciosa de la verdad

POR BEATRIZ DE ANDRÉS, CEO DE ART MARKETING / 18 DE SEPTIEMBRE DE 2026

¿Qué ocurre cuando el periodismo, nacido con la vocación de buscar la verdad, empieza a privilegiar lo urgente sobre lo importante, el miedo sobre la esperanza y la opinión sobre los hechos? Esta reflexión, nacida del amor por una profesión que fue también vocación, plantea una mirada crítica —y profundamente cristiana— sobre la transformación de los medios de comunicación y se pregunta si estamos asistiendo a una conquista silenciosa de la verdad.

Durante mucho tiempo se ha hablado del periodismo como el cuarto poder. Una profesión llamada a observar, preguntar, contrastar y contar lo que sucede para que los ciudadanos puedan comprender mejor la realidad. Pero quizá haya llegado el momento de preguntarnos qué ocurre cuando ese poder deja de servir a la verdad y comienza a servir a otros intereses, otras dinámicas y, sobre todo, otras prioridades.

Esto del periodismo es un campo de batalla más y un reflejo de la verdadera guerra que no es con armas sino que es espiritual…

Para quien contempla el mundo desde la fe, la crisis del periodismo no puede analizarse únicamente como un problema empresarial, tecnológico o profesional. También obliga a plantearse una cuestión mucho más profunda:

Hay que preguntarse quien es el Maestro de la Verdad, y quien es el engañador desde todos los tiempos…

Quizá ahí esté una de las claves. El periodismo nació —o al menos construyó buena parte de su legitimidad— alrededor de la búsqueda de la verdad. Pero en algún momento comenzamos a hablar de verdades parciales, relatos, enfoques y perspectivas hasta convertir la realidad en algo susceptible de ser seleccionado según quien la cuenta.

Cuando el periodismo eligió contar una verdad, dejó de ser garante de La verdad.

Cuando lo excepcional desplazó a lo bueno

Hay otra transformación que hemos asumido con tanta naturalidad que apenas nos preguntamos por sus consecuencias: la propia definición de lo noticioso.

Cuando se decidió que era noticia el morbo y lo malo, porque supuestamente es lo que interesa… (el famoso “no es noticia el perro que muerde al hombre sino el hombre que muerde al perro”) se empezó a proclamar la acción del demonio en lugar de darle mayor protagonismo a la Gloria de Dios.

No significa ignorar el sufrimiento, las injusticias o aquello que funciona mal. Informar también exige denunciarlos. La cuestión es qué imagen del mundo construimos cuando lo extraordinario, violento, escandaloso o negativo ocupa sistemáticamente el primer plano, mientras que aquello que sostiene silenciosamente la vida apenas merece atención.

A esta lógica se añadió la tiranía de la actualidad.

Cuando se decidió que era noticia lo actual y lo urgente y lo importante quedó relegado por falta de tiempo o de espacio, los medios dejaron de ser (si lo fueron alguna vez) reflejo de las inquietudes profundas del ser humano, para ocuparse solo de lo aparente y superficial

Lo urgente y lo importante no siempre coinciden. Sin embargo, el funcionamiento cotidiano de los medios ha ido favoreciendo cada vez más la velocidad. Hay que publicar, actualizar, reaccionar y alimentar continuamente nuevos contenidos. Y cuanto más rápido gira esa rueda, menos espacio queda para comprender.

El miedo como producto informativo

A ello se suma una cuestión todavía más inquietante: qué emociones favorece determinado modelo informativo.

Cuando el miedo se convirtió en negocio, y las personas dimos más crédito a la desesperanza que a la Providencia, en cada informativo le damos más comida podrida a nuestros pensamientos que buen alimento venido de las promesas de Dios

(Ahora hay muchos que dicen que han dejado de ver los informativos por “salud mental», o sea que hasta los no creyentes saben que nada bueno nos genera el miedo)

Desde una mirada cristiana, esta cuestión resulta especialmente relevante. No porque la fe invite a negar la realidad, sino precisamente porque obliga a mirarla desde una esperanza que no depende de que las circunstancias sean favorables. La pregunta sería entonces qué sucede cuando nuestra dieta informativa alimenta permanentemente el temor, la indignación o la desesperanza.

Cuando la opinión sustituye a los hechos

También se ha desdibujado progresivamente la frontera entre información y opinión.

Cuando las opiniones se convierten en noticia en lugar de ser los hechos y que luego sean contrastados con las opiniones, el periodismo deja de ser garante de la verdad para convertirse en un estercolero de ideas en las que algunas buenas quedan escondidas entre tanta mierda.

La expresión es deliberadamente dura, pero señala una diferencia fundamental: una cosa es contar hechos y enriquecer su comprensión mediante opiniones diversas, y otra convertir la opinión misma en acontecimiento.

Y aquí aparece otro fenómeno que tampoco es nuevo:

ojo que con lo dicho antes no pretendía blanquear la caca de “periodismo» que se hace ahora… y además hay otro punto importante, muchos de los “opinadores” no son periodistas de carrera, sino que provienen de la política y del activismo…

Y eso no es de ahora el intrusismo profesional en el mundo del periodismo ha sido flagrante desde hace décadas, gente que se pone a hablar sin tener ni un mínimo compromiso ético ni conocen el código deontológico de la profesión.

La cuestión no consiste solamente en quién ocupa una pantalla, un micrófono o una columna, sino en qué criterios profesionales acompañan a esa posición: contrastar, separar hechos de opiniones, escuchar distintas fuentes y asumir una responsabilidad ante aquello que se publica.

¿Y dónde quedaron los periodistas?

Paradójicamente, mientras aumentaban los espacios destinados a comentar la realidad, las condiciones para investigarla con profundidad se fueron deteriorando.

Mientras que a muchos periodistas vocacionales y con verdadero interés por informar de la verdad, los han ido excluyendo de las redacciones con recortes de plantilla impresionantes, o los entierran bajo un montón de temas que saturan y que impiden hacer un trabajo profundo y sosegado

Es difícil pedir profundidad sin tiempo. Es difícil contrastar cuando hay que producir continuamente. Y es difícil ejercer una profesión vocacional cuando el profesional apenas dispone del espacio necesario para hacer aquello para lo que se formó.

Por eso no existe una única explicación.

son muchas causas y no es de ahora.

La pérdida del cuarto poder

El resultado es especialmente paradójico. Los medios conservaron durante décadas un enorme poder para determinar qué asuntos merecían atención pública. Pero la pérdida de confianza ha llevado a muchas personas a buscar otros canales.

Pero lo que era el 4º poder ha sido asaltado y ahora, además, como la gente ya no confía, y se van eligiendo otras fuentes para informarse, como las redes sociales, entonces hay que criminalizar y desacreditar….

Esto no significa que las redes sociales sean necesariamente mejores ni que estén libres de manipulación, intereses o falsedades. Significa algo diferente: cuando una institución pierde la confianza de quienes acudían a ella, no basta con desacreditar las alternativas. También es necesario preguntarse por qué esa confianza se perdió.

Quizá el problema de fondo del periodismo contemporáneo no sea únicamente económico, tecnológico o ideológico. Quizá sea también una crisis de identidad: decidir nuevamente para qué existe el periodismo y cuál es su compromiso con la verdad.

Y esta reflexión nace precisamente de alguien que amó esa profesión:

Y así podría seguir un buen rato, porque he pensado mucho en ello, porque me gustaba mi profesión y era una vocación desde pequeña, pero con el transcurso de las experiencias vitales hay que rendirse a la evidencia de que hoy por hoy, los medios de comunicación no son el canal apropiado para hablar de la Verdad

Es una conclusión dolorosa precisamente porque no nace del desprecio hacia el periodismo, sino de haber creído profundamente en él.

Tal vez por eso la última frase resume todo el argumento:

Ha sido la conquista silenciosa de la verdad

Una conquista que no habría ocurrido de repente, sino mediante pequeñas renuncias: sustituir lo importante por lo urgente, los hechos por las opiniones, la esperanza por el miedo, la profundidad por la velocidad y la búsqueda de la verdad por la elección de una verdad.

Y quizá la recuperación del periodismo tenga que comenzar recorriendo ese mismo camino, pero en sentido contrario.