domingo, diciembre 4, 2022

En la revolución de la comunicación, acompañamiento 360

ARTÍCULO DE EDUARDO ALVAREZ RODRÍGUEZ (PUENTIA) / No era un espejismo producido por la pandemia, un oasis en medio de la mayor crisis contemporánea vivida por la humanidad. Existe un nuevo orden entre lo tecnológico y lo humano y es el de la comunicación, la comunicación que trasciende y reubica a las personas en el kilómetro cero de la gestión y de la toma de decisiones.

Por Eduardo Álvarez Rodríquez, Fundador y CEO de Puentia / 22 de noviembre de 2022

Lo externo y lo interno, la reputación y la marca, las crisis y sus respuestas, el propósito y la responsabilidad social corporativa son eslabones sincronizados de una inmensa cadena donde cada pieza influye en el resto. Todo es comunicación, todo son estrategias, acciones, decisiones y respuestas que impactan en el negocio de las grandes corporaciones y de las medianas y pequeñas empresas.

La pandemia zarandeó sin piedad a las pymes, ese universo que representa el 95% del tejido económico de nuestro país; un trance que las desnudó y, a pesar del aturdimiento, catalizó una profunda reflexión en cientos de compañías de este tamaño que, hasta entonces, habían otorgado a la comunicación el valor de una “commodity”. La conclusión fue que la respuesta a este nuevo tiempo requería urgentemente de un cambio radical de mentalidad.

La llamada a la acción inmediata pasaba por que la comunicación debería dejar de ser esa materia prima sin apenas valor, entendida por muchos empresarios y directivos como un inmenso cajón de sastre de gasto con impacto negativo en la última línea de la cuenta de resultados, para transformarse en una pieza clave que tendría que impregnar, como una mancha de aceite, todos los departamentos de las compañías con un valor claro que trascendiese, incluso, lo estratégico.         

La pandemia abrió una ventana colosal de oportunidad para que estas empresas, hasta ese momento mentalmente atrincheradas, entendieran que una marca es mucho más que un logotipo, mucho más que un nombre y mucho más, incluso, que el desarrollo de una actividad; una marca había pasado a convertirse en la suma de su propósito, sus valores y de todos aquellos atributos que de forma integradora construyen su imagen en el imaginario colectivo, y eso o se comunica o no existe. No existe el relato pero tampoco, siquiera, la propia empresa.

El planeta ha cambiado, sus gentes hemos cambiado, ya nada volverá a ser igual: los nuevos públicos, los nuevos canales, la desinformación y la vida a golpe de clic conforman una tormenta perfecta de dimensiones inimaginables donde todo sucede a tal velocidad que somos incapaces de digerir la cantidad de impactos diarios que vivimos. ¿O debería decir sufrimos?

Asistimos a la revolución de la comunicación. Hasta las guerras se evalúan con medidores de desempeño vinculados a ella. No hay más que ver lo que está ocurriendo con la de Ucrania. Después de repensarse a sí mismas, cientos de pequeñas y medianas empresas han entendido que hay que invertir en digitalización y en talento, por supuesto, pero también en comunicación. Y que hay que hacerlo con una visión clara, con objetivos marcados y con para qués concretos.  

En ese contexto, consultoras de comunicación como Puentia llevamos dos años gestionando procesos de crecimiento continuo producto de esta nueva demanda, particularmente generada entre las pequeñas y medianas empresas; una demanda con recursos limitados que, en muchos casos, requiere de una respuesta 360 que gestione y aporte soluciones a esa mancha de aceite transversal que afecta a toda la compañía.

 Ahí es donde en Puentia trabajamos el concepto que hemos bautizado como “acompañamiento”: un trabajo externo con las bondades de un desempeño “in house” que, en lo esencial, ofrece servicios propios y, en lo global, tracciona sobre un completo y dinámico ecosistema, fluido, ágil y complementario entre sí, siempre bajo nuestros estándares de profesionalidad y calidad. Se trata de dar una respuesta total a una realidad compleja, volátil, plagada de incertidumbres y donde todo es marca porque, ahora sí, todo comunica. No era un espejismo.