miércoles, junio 10, 2026

Del scroll al contacto real: así están recuperando las marcas el valor de lo tangible

POR RAFA GARCÍA Y GABRIEL GÓMEZ, DIRECTOR CREATIVO Y DIRECTOR DE EVENTOS Y BRANDING EN TRESCOM / 10 DE JUNIO DE 2026

La hiperconectividad nos ha hecho más eficientes. Eso es indiscutible. Más rápidos, más accesibles, más disponibles. Pero también ha generado algo curioso: cuanto más tiempo pasamos interactuando a través de una pantalla, más valor adquieren las experiencias que suceden fuera de ella.

Y eso empieza a notarse en cosas muy pequeñas: en una invitación impresa con un papel especial; en el gramaje de una tarjeta; en el simple gesto de abrir algo físico en lugar de hacer clic; en una activación en un evento… Detalles que hace unos años parecían secundarios frente a la velocidad del entorno digital y que ahora vuelven a tener peso porque generan algo cada vez más escaso, atención real.

Durante mucho tiempo parecía que todo debía dirigirse hacia la desmaterialización. Menos papel, menos presencia, menos contacto físico. Todo optimizado para ser inmediato, escalable y accesible desde cualquier pantalla. Y, en gran parte, así ha sido. Lo digital ha transformado por completo la forma en la que las marcas construyen comunidad y performance.

Pero si lo poco gusta y lo mucho cansa, todo parece indicar que estamos llegando a un punto de saturación.

Consumimos cientos de impactos al día, asistimos a reuniones sin compartir espacio y acumulamos contenido que desaparece de nuestra memoria a la misma velocidad a la que hacemos scroll. En paralelo, empieza a surgir una necesidad cada vez más evidente de volver a experimentar las marcas desde un lugar más tangible y humano. No como nostalgia o como rechazo a la tecnología, sino más bien como equilibrio.

La paradoja es interesante. Mientras intentamos que las inteligencias artificiales hablen, escriban y se relacionen de forma cada vez más humana, nosotros llevamos años adaptándonos a dinámicas cada vez más robotizadas. Y en ese intercambio, parece lógico que aparezca cierta necesidad de recuperar experiencias que impliquen presencia y contacto real.

En un momento en el que una IA puede generar imágenes y textos en segundos, aquello que transmite proceso o criterio empieza a diferenciarse más que nunca. No porque sea ‘mejor’, sino porque se percibe distinto, más cercano y creíble; en definitiva, más humano. Y eso afecta directamente al branding y a la comunicación.

Se nota en el regreso del diseño editorial impreso. En marcas que vuelven a trabajar materiales, acabados y packaging con una sensibilidad mucho más táctil. En tiendas concebidas menos como puntos de venta y más como espacios experienciales. Incluso en dinámicas corporativas muy cotidianas.

Si echamos la vista atrás, muchas empresas dejaron de hacer detalles físicos hacia clientes o colaboradores porque parecían poco eficientes frente a una solución digital. Las clásicas cestas de Navidad dieron paso a pequeños detalles. Después, a un email. Y de ahí, en muchos casos, a la nada.

Ahora empieza a recuperarse el valor de ese gesto tangible. No necesariamente desde lo ostentoso, sino desde la intención. Porque un objeto físico, por pequeño que sea, tiene una capacidad distinta para generar recuerdo y vínculo.

Con los eventos ocurre algo parecido. Durante años se habló del entorno digital casi como sustituto natural de la experiencia presencial. Y, evidentemente, ha aportado ventajas enormes en términos de alcance, data y escalabilidad. Pero también ha dejado claro algo: hay una parte del brand equity que sigue construyéndose mejor en el mundo físico. De ahí que los eventos vuelvan a situarse en el centro de la estrategia de muchas marcas.

Ya no funcionan únicamente como espacios de convocatoria o visibilidad. Ahora son auténticos “moments of truth”, lugares donde la identidad de marca deja de ser solamente visual o narrativa y pasa a convertirse en experiencia.

El branding se recorre; se escucha; se toca; se vive a través del espacio, de la iluminación, de la dirección creativa o de las interacciones humanas que suceden dentro de él. Y, precisamente por eso, los mejores eventos actuales no son los que rechazan lo digital, sino los que lo integran bien.

La tecnología sigue siendo imprescindible. La diferencia está en cómo aparece. Cuando funciona de verdad, lo hace casi de manera invisible: optimizando flujos, amplificando contenido, facilitando personalización o extendiendo la conversación más allá del propio evento. Es ahí donde el concepto phygital cobra sentido. No como tendencia estética, sino como convivencia natural entre ambos mundos.

En realidad, la cuestión ya no es elegir entre lo físico o lo digital.

Lo digital seguirá siendo el gran motor de alcance, segmentación y performance. Pero lo físico está recuperando valor como un espacio auténtico de conexión emocional. Probablemente por eso estamos viendo esta reconquista de lo tangible en tantos sectores distintos al mismo tiempo.

Porque en un mundo diseñado para consumir rápido, las marcas que consiguen detenernos son las que realmente dejan huella.

En un entorno donde casi todo puede replicarse o consumirse desde una pantalla, aquello que todavía requiere presencia empieza a convertirse en diferencial. Tocar algo, guardarlo, recorrer un espacio, compartir un momento con otras personas sin intermediación tecnológica constante.

Puede parecer algo pequeño. Pero en un entorno cada vez más automatizado, lo tangible deja de ser solo un formato, se convierte en una ventaja competitiva.