POR SILVIA PERALTA, PR DIRECTOR EN INCÓGNITO / 3 DE JUNIO DE 2026
Paradójicamente, cuanto más fácil resulta comunicar, más difícil resulta ser recordado. La tecnología nunca nos había permitido generar tantos contenidos, llegar a tantas personas y multiplicar los puntos de contacto con nuestras audiencias. La inteligencia artificial ha llevado esa capacidad un paso más allá y promete seguir transformando la forma en que las marcas se relacionan con sus públicos.
Sin embargo, mientras perfeccionamos nuestra capacidad para producir mensajes a gran escala, parece que estamos redescubriendo algo que nunca dejó de ser importante: el valor de las experiencias capaces de generar una conexión humana y memorable.
La razón es sencilla. Vivimos en un entorno de saturación permanente.
Consumidores, periodistas, creadores de contenido y directivos reciben cada día cientos de estímulos que compiten por un recurso cada vez más escaso: la atención. En ese escenario, destacar ya no depende únicamente de tener algo que decir, sino de encontrar la forma de hacerlo relevante, cercano y, sobre todo, recordable.
Durante años, la comunicación ha perseguido la escala. Más impactos, más publicaciones, más alcance. Pero cuando todos tenemos acceso a herramientas similares y la capacidad de generar contenido se ha democratizado, quizá la pregunta ya no sea cuántas personas reciben un mensaje, sino cuántas realmente lo recuerdan.
Porque cuando todos podemos comunicar, la diferencia ya no la marca únicamente la capacidad de llegar. La marca la capacidad de conectar. Y es precisamente ahí donde estamos viendo una tendencia especialmente interesante: la revalorización de las experiencias.
No hablamos únicamente de grandes eventos o activaciones espectaculares. Hablamos de acciones capaces de generar una relación más cercana y memorable entre una marca y sus públicos. Encuentros reducidos, experiencias presenciales, detalles personalizados o iniciativas diseñadas específicamente para una persona o un grupo concreto. Acciones que priorizan la calidad de la interacción frente al volumen del impacto.
Durante mucho tiempo, las estrategias de comunicación se apoyaron en una lógica casi industrial: llegar al mayor número posible de personas. Sin embargo, cada vez más organizaciones están descubriendo el valor de las estrategias más personalizadas, más segmentadas y, en cierto modo, más artesanales. Estrategias que no buscan necesariamente hablar con todo el mundo, sino generar una conexión más profunda con las personas adecuadas.
Porque no siempre gana quien más comunica. A menudo gana quien consigue ser más relevante.
En nuestro trabajo lo estamos comprobando de forma cada vez más evidente. En los últimos meses hemos desarrollado diferentes experiencias para clientes y también para nuestra propia marca. Algunas de ellas tan sencillas como un envío creativo cuidadosamente pensado para su destinatario. Y el resultado ha sido llamativo.
No tanto por la repercusión inmediata de la acción, sino por las conversaciones que genera después. Por las respuestas que recibimos. Por los periodistas que agradecen el detalle aunque no exista una historia que publicar en ese momento. Por la relación que empieza a construirse. Por la sensación de que alguien ha dedicado tiempo a pensar en quién está al otro lado.
Ese es precisamente el valor de los envíos creativos cuando se plantean correctamente. No son un regalo. No son un ejercicio de merchandising. Ni tampoco una fórmula para conseguir cobertura automática. Son una herramienta para construir relaciones.
Un envío creativo bien diseñado cuenta una historia, refuerza un posicionamiento y transmite personalidad. Pero, sobre todo, convierte un mensaje en una experiencia
tangible en un momento en el que gran parte de nuestra comunicación se ha vuelto intangible.
Mientras un correo electrónico desaparece rápidamente entre decenas de mensajes, una experiencia física tiene la capacidad de detener la rutina durante unos minutos, despertar curiosidad y generar una emoción. Y las emociones siguen siendo uno de los elementos más poderosos para construir recuerdo.
La inteligencia artificial continuará transformando la forma en que trabajamos y nos
comunicamos. Probablemente nos hará más eficientes, más rápidos y más
productivos. Pero difícilmente podrá sustituir aquello que hace que una relación sea
significativa: la empatía, la creatividad y la capacidad de demostrar que detrás de
una marca siguen existiendo personas.
Quizá por eso las experiencias tangibles están recuperando protagonismo. No porque representen una vuelta al pasado ni porque sustituyan a las herramientas digitales. Todo lo contrario. Funcionan precisamente porque vivimos en un entorno profundamente digital.
Y cuanto más digital es el mundo, más valor adquieren aquellas acciones capaces de recordarnos que seguimos siendo humanos. Porque, al final, las personas olvidan gran parte de los mensajes que reciben cada día. Pero recuerdan aquello que les hizo sentir algo. Y en comunicación, pocas cosas marcan más la diferencia que ser recordado.







