POR MIGUEL ANGEL ROBLES Y FRANCISCO CARRASCO / 8 DE MAYO DE 2026
Andalucía es la principal potencia agroalimentaria de España. Las 5.604 empresas de la industria agroalimentaria de la región suponen el 18,5% del total del sector nacional, la mayor cifra de las regiones españolas, y su facturación se eleva a 19.440 millones de euros, aportando un 13% del Valor Añadido Bruto (VAB) regional y casi un 20% del VAB agroalimentario español. Asimismo, emplea a cerca de 490 000 personas, representando aproximadamente 16 % del empleo total de Andalucía y una de las cifras más altas de ocupación vinculada a una sola actividad productiva en la región.
En términos de innovación e internacionalización, el sector agro andaluz concentra el 10,3% del total de grupos operativos de la Asociación Europea de Innovación en materia de productividad y sostenibilidad agrícola, y es el segundo mayor exportador de España, contribuyendo con el 21,4% del total exportado. Detrás de estos datos, hay un impacto económico evidente, pero también un impacto social, territorial y demográfico igualmente relevante: el sector sostiene directamente buena parte de la vida rural andaluza, siendo la principal actividad económica de muchos municipios y un factor determinante en su cohesión demográfica y social.
Sin embargo, esa fortaleza del agro andaluz —especialmente en cultivos de regadío altamente productivos— corre un riesgo creciente: la disponibilidad y garantía de agua. Más del 60 % de la producción agraria está vinculada a regadíos, que también generan la mayoría de los ingresos y empleo agrícola regional. La sostenibilidad hídrica es, por tanto, un asunto crítico. El déficit tradicional de infraestructuras de las cuencas andaluzas y la prolongación e intensificación de las sequías como consecuencia del cambio climático ponen en jaque la estabilidad de todo el tejido productivo. Sin agua garantizada, se amenaza la producción y, con ella, la facturación, las inversiones en innovación, las exportaciones y el superávit comercial de la región y la vida de los pueblos. De la pervivencia de una agroindustria fuerte y competitiva depende en gran medida frenar el progresivo envejecimiento y abandono de las poblaciones rurales.
De la modernización técnica a la comunicativa
En los últimos lustros, el regadío andaluz ha desarrollado un enorme esfuerzo de modernización que hoy lo sitúa a la altura de los regadíos más eficientes y tecnológicamente avanzados del mundo, comparable a modelos de alta productividad como el regadío israelí, con sistemas de riego por goteo (el más eficiente hídricamente) que representan más del 80% de la superficie regable. Asimismo, en los últimos años, a la modernización de las infraestructuras, ha sumado una inversión importante en la modernización de la gestión. Así, existen en la actualidad múltiples proyectos de analítica de datos, inteligencia artificial y agricultura de precisión que están revolucionando cómo se gestiona el agua, muchos de ellos apoyados por financiación pública y estrategias como el PERTE Digital y otros mecanismos de innovación, que están transformando la toma de decisiones en tiempo real, reduciendo consumos y mejorando el rendimiento por gota de agua consumida
Sin embargo, esta realidad choca contra la percepción pública, donde el liderazgo del relato corresponde a las organizaciones cuyos intereses chocan con los del regadío. Por ello, y en buena medida, el gran reto que tiene la agricultura andaluza en este momento es el de mejorar su narrativa y comunicación, de modo que la sociedad (y los decisores públicos) entiendan que el sector agroalimentario no es una actividad arcaica o dañina para el medio ambiente; que, lejos de eso, juega un papel fundamental en la reducción de emisiones y aporta biodiversidad y calidad paisajística e identidad territorial; que el regadío moderno sí integra sostenibilidad, innovación y gestión eficiente del agua, generando empleo, riqueza y exportaciones; y que es un sector clave para el arraigo territorial y la lucha contra la despoblación del medio rural.
Un frente común: la extensión del reto comunicativo
En definitiva, la agricultura ya es un sector modernizado en su infraestructura y en su gestión. Ahora necesita modernizarse también en su narrativa y su proyección social, haciéndose más valorado y respetado, y la responsabilidad de esta pedagogía no puede recaer únicamente en las grandes organizaciones representativas del sector. Aunque su papel es fundamental, el desafío comunicativo debe ser amplio e inclusivo:
- Cooperativas agrarias: pueden contar historias concretas de innovación, eficiencia y cuidado del agua desde la base productiva.
- Comunidades de regantes: tienen un papel esencial en explicar cómo gestionan recursos y adoptan tecnologías para reducir consumos y mejorar la resiliencia.
- Empresas tecnológicas y startups agro-tech: deben comunicar el valor añadido de las nuevas herramientas aplicadas al campo.
- Investigadores y universidades: pueden hacer más accesibles las evidencias científicas que muestran los avances en gestión eficiente del agua y adaptación climática.
- Agricultores y agricultoras, especialmente jóvenes: como los mejores embajadores, pueden aportar testimonios reales que humanicen su labor y su compromiso con la sostenibilidad.
La comunicación, clave para la influencia pública
Este cambio de percepción no es solo un ejercicio de reputación sectorial: es un elemento clave para influir en las políticas públicas. Las reglas de juego del lobby han cambiado notablemente en los últimos años, y sus resultados no dependen tanto de la capacidad de acceder a los decisores, como de la capacidad de acceder a los decisores con el mayor respaldo social posible. Frente a la vieja idea de que los asuntos públicos necesitan discreción (ese habitual eufemismo de la opacidad), el partido de la influencia se juega hoy, también, en buena medida, en el territorio de la capacidad de movilización y apoyo social.
Que la inversión en infraestructuras hidráulicas —presas, balsas, regeneración y desalación integradas en un mix hídrico— haya quedado sistemáticamente relegada en las últimas décadas demuestra hasta qué punto la agroindustria y el regadío andaluz necesitan contarse mejor, extender su presencia por todos los canales y espacios de opinión, y particularmente por los canales digitales, donde su protagonismo todavía es insuficiente, reforzando y ampliando sus esfuerzos por ganarse el favor de la opinión pública con una narrativa más atractiva, más persuasiva y también más justa con su realidad.
Por todo ello, la sostenibilidad del regadío andaluz pasa por una modernización comunicativa profunda, extendida y transversal de todas sus organizaciones, dirigida a mostrar los impactos positivos del sector en empleo, el territorio, y la sostenibilidad y sobre todo a renovar su imagen como sector profundamente innovador, interesado en la atracción de talento joven y activo en la incorporación de las tecnologías disruptivas. Solo con una narrativa de ese tipo, asociada a empleo y oportunidades en el medio rural, equilibrio territorial y demográfico, conservación del paisaje, reducción de emisiones, fijación de población e innovación tecnológica aplicada, podrá la agroindustria ganar la batalla del relato, aumentando su capacidad de influir sobre las políticas públicas.
| SOBRE LOS AUTORES Miguel Ángel Robles es consejero delegado de Euromedia Comunicación Francisco Carrasco es consultor del sector agua-agricultura – Profesor San Telmo Business School. |







