martes, marzo 31, 2026

La empresa europea necesita plan B, pero también relato

POR IÑIGO PALACIO, CONSULTOR SÉNIOR DE ESTUDIO DE COMUNICACIÓN / 31 DE MARZO DE 2026

Europa no ha descubierto de repente que depende de Estados Unidos. Lo que ha descubierto es el precio de haber dado esa dependencia por descontada durante demasiado tiempo. La relación económica entre ambos bloques no es una nota al pie del comercio mundial, sino la mayor relación bilateral del planeta, con casi dos billones de dólares en bienes y servicios moviéndose a ambos lados del Atlántico. Cuando miramos con una perspectiva completa, no es ni siquiera una relación tan desequilibrada como a veces se presenta en los titulares o en las afirmaciones (o exabruptos) de líderes políticos.

El problema no es solo la dependencia. El problema es que muchas empresas europeas siguen comunicando como si el entorno fuera una anomalía pasajera, una tormenta incómoda que terminará escampando. Pero lo que tenemos delante no es una racha mala. Es un cambio de lógica. Durante años, la eficiencia fue el criterio rector. Hoy compite con otros tres que pesan cada vez más, aunque resulten bastante menos cómodos de defender en una presentación de resultados: seguridad, resiliencia y margen de maniobra.

Eso obliga a replantear decisiones, que hace no tanto, parecían impensables. Duplicar proveedores, asumir más inventario, localizar parte de la producción, buscar socios alternativos, revisar la exposición tecnológica, aceptar más capex o incluso convivir con algo menos de eficiencia. El problema es que esas decisiones, si se cuentan mal, pueden parecen exactamente lo que ninguna compañía quiere parecer ante el mercado. Una compañía más costosa, menos ágil y, en el peor de los casos, estructuralmente menos rentable.

Ahí está el verdadero reto. No basta con tener plan B. Hay que saber explicarlo, sobre todo si se va a convertir en una realidad a asumir. Porque, en contra de lo que muchas veces se piensa, el mercado parece no tener un problema en aceptar la incertidumbre, de hecho, cada vez parece acostumbrarse más a ella. Lo que sí penaliza es la sensación de que no se entiende lo que está pasando.

Además, la resiliencia tiene una mala costumbre. Primero cuesta dinero y sólo mucho tiempo después demuestra su valor. Si una empresa invierte para depender menos de una cadena de suministro frágil, de una plataforma ajena o de un cliente demasiado dominante, en el corto plazo lo que se ve es el coste. El beneficio estratégico tarda más en hacerse visible. Y si la compañía no es capaz de traducir ese coste en una lógica de continuidad, poder de negociación o estabilidad futura, el mercado lo leerá como deterioro, no como un signo de previsión o anticipación.

Europa, de hecho, ya ha empezado a moverse, aunque quizás algo tarde y lentamente, como dijo Macron en el Foro Económico Mundial de Davos en enero, pero con un objetivo claro de crecimiento en el largo plazo a través de la máxima estabilidad mundial posible. No parece que sea solo discurso. Empiezan a aparecer decisiones. Esto sigue con declaraciones llamativamente pragmáticas, como la del canciller alemán Friedrich Merz, quien ha considerado que el cierre de centrales nucleares del país ha sido “un grave error estratégico”.

Pero más allá de los discursos, lo que ya se observa es un movimiento progresivo hacia mayor autonomía, con avances reales pero desiguales: desde una diversificación energética (otra más) tras la ruptura con el gas ruso, ejemplificado en proyectos como el Baltic Pipe entre Noruega y Polonia, la expansión de terminales de gas natural licuado (GNL), pasando por el despliegue de más de 200 proyectos energéticos para reforzar la interconexión y seguridad del sistema, el impulso de iniciativas tecnológicas propias, como los semiconductores apoyada por la Ley Europea de Chips de unos 43.000 millones de euros, hasta el intento de asegurar cadenas de suministro críticas. En este sentido, la Unión Europea ha reforzado su estrategia con acuerdos concretos, como la alianza con Australia para garantizar el acceso a minerales estratégicos como el litio o las tierras raras.

A esto se suman movimientos menos visibles, pero igual de relevantes, como el impulso de alternativas en infraestructuras financieras, con iniciativas como el refuerzo del papel internacional del euro o el desarrollo del sistema europeo de pagos instantáneos (TIPS) por parte del Banco Central Europeo, precisamente para reducir la dependencia de estos sistemas dominados por terceros extracomunitarios, como Visa, MasterCard o Pay Pal.

Pero incluso en ese movimiento más amplio hay una lección útil para cualquier compañía. La transición a esta nueva realidad no será limpia ni barata. La hipótesis de una ruptura rápida con Estados Unidos aparece descrita como improbable, si no directamente catastrófica. El escenario más realista es otro. Un proceso lento, incómodo y costoso, con precios más altos, menor productividad y una transición tecnológica nada trivial.

Eso significa que muchas compañías europeas van a tener que convivir con una realidad poco simpática. Van a tomar decisiones correctas que, en el corto plazo, parecerán equivocadas.

Y por eso la comunicación deja de ser algo accesorio. Es necesario comunicar no para adornar la estrategia, sino para evitar que la estrategia se deprecie por incomprensión. En un entorno fragmentado, no se trata de prometer certezas que nadie puede garantizar. Se trata de demostrar que la empresa entiende dónde está expuesta, qué está haciendo para corregirlo y por qué ese esfuerzo merece ser leído como una inversión en solidez y no como una simple inflación de costes.

La empresa europea necesita plan B, sí. Pero sobre todo necesita una forma adulta de contarlo. Porque en el mundo que viene, la estrategia sin relato puede parecer improvisación. Y el relato sin estrategia es propaganda o promesas políticas que se las lleva el viento.