ARTÍCULO DE LUCÍA MATEOS ( KREAB ) / Hay palabras que, en salud, pesan más que en ningún otro ámbito. “Cura”, “revolución”, “tratamiento definitivo”. Palabras que, cuando se colocan en un titular, no informan: prometen. Y cuando la promesa no se cumple —porque la ciencia no funciona así— lo que queda no es solo decepción, sino desconfianza.
Por Lucía Mateos, Associate Director de Comunicación Corporativa en Kreab / 9 de febrero de 2026
En las últimas semanas, la investigación liderada por Mariano Barbacid sobre cáncer de páncreas ha vuelto a poner sobre la mesa un debate incómodo pero imprescindible: ¿estamos comunicando la ciencia con rigor o estamos convirtiéndola en espectáculo? No es un debate nuevo, pero sí urgente. Y nos interpela directamente a quienes trabajamos en comunicación, periodismo y oficinas de prensa.
Conviene decirlo desde el principio: el problema no es el avance científico. Al contrario. La investigación preclínica es valiosa, necesaria y merece visibilidad. El problema aparece cuando, en el proceso de contarla, confundimos informar con emocionar, explicar con exagerar, contextualizar con simplificar hasta el límite de la distorsión.
Porque cuando un medio titula que se ha “curado el cáncer” basándose en resultados en ratones, no está cometiendo un pequeño desliz semántico. Está cruzando una línea ética. Y lo hace, muchas veces, sin mala intención, pero con consecuencias muy reales.
En ningún otro ámbito el impacto de una mala comunicación es tan directo. Una información imprecisa sobre política genera debate. Una sobre economía puede provocar incertidumbre. Una sobre salud afecta a decisiones vitales, a expectativas de pacientes, a la manera en que una familia encara un diagnóstico.
Quien ha acompañado a una persona con cáncer lo sabe: la esperanza es frágil. Se agarra a cualquier titular, a cualquier noticia que sugiera que “algo nuevo” está a punto de llegar. Y cuando esa esperanza se construye sobre titulares inflados, el golpe posterior es doble. No solo no llega el tratamiento milagro, sino que se erosiona la confianza en la ciencia, en los médicos y en los propios medios.
Aquí es donde debemos hacernos una pregunta: ¿somos conscientes del poder que tenemos cuando comunicamos sobre asuntos de salud?
A menudo el sensacionalismo no se presenta como tal. Se viste de optimismo, de “dar buenas noticias”, de “no ser aguafiestas”. Pero comunicar con rigor no es ser frío ni pesimista. Es ser honesto.
Explicar que un resultado es preclínico no quita mérito al hallazgo. Explicar que faltan años de ensayos no apaga la esperanza; la sitúa en un marco realista. Explicar que la mayoría de los tratamientos que funcionan en ratones no llegan a humanos no es ser agorero: es ciencia.
El problema es que el matiz no suele dar clics. Y ahí entramos en una tensión que los medios conocen bien: la presión por la atención, por el tráfico, por la viralidad. Pero cuando esa lógica se impone en temas de salud, el coste social es demasiado alto.
Comunicar ciencia también es cuidar
Comunicar salud no es sólo transmitir datos. Es cuidar el relato, entender a quién va dirigido y asumir que detrás hay personas vulnerables. No todo avance necesita ser contado como un hito histórico. No toda investigación es “la antesala de la cura definitiva”. A veces, el verdadero avance es pequeño, incremental, silencioso. Y aun así merece respeto.
Como comunicadores en salud tenemos una responsabilidad que va más allá del titular brillante. Nuestra tarea no es competir por la emoción más intensa, sino construir confianza a largo plazo. Y la confianza se construye con rigor, contexto y honestidad.
Quizá ha llegado el momento de asumir que, en salud, menos épica y más precisión no es una renuncia. Es una obligación ética. Porque la esperanza no se regala con titulares grandilocuentes. Se cuida con rigor y una buena praxis profesional.







