jueves, febrero 12, 2026

Del prompt a la responsabilidad: el periodismo ante el espejo de la inteligencia artificial

ARTÍCULO DE ALBERTO RODRÍGUEZ ARROYO (IRAZUSTA COMUNICACIÓN) / Hay algo que ya no admite debate: la inteligencia artificial no es una moda pasajera ni una herramienta marginal. Ha entrado en las redacciones, en las agencias de comunicación y en los despachos directivos con una fuerza que no es reversible. Podemos discutir su alcance, sus límites o su regulación, pero no su existencia. La IA está aquí. Y el periodismo tiene que decidir qué va a hacer con ella.

Por Alberto Rodríguez Arroyo, subdirector de Irazusta Comunicación / 12 de febrero de 2026

Como profesional de la comunicación, no me preocupa que las máquinas escriban. Me preocupa que confundamos escribir con hacer periodismo. Porque lo que está en juego no es la producción de texto, sino la confianza pública. Y eso no se automatiza.

En los últimos años hemos visto cómo la presión económica sobre los medios se ha intensificado. Los modelos de negocio siguen tensionados, la publicidad se fragmenta y las audiencias se dispersan. En ese contexto, la IA aparece como promesa de eficiencia. Más contenidos, más rápido, con menos coste. Pero mientras celebramos la productividad, las cifras dibujan una realidad incómoda: en Estados Unidos, la consultora Challenger, Gray & Christmas registró en 2024 casi 5.000 recortes en el sector de “News”, un 59% más que el año anterior. En Europa, datos citados por Euronews a partir de Eurostat apuntan a una caída del 2,5% en el número de autores, periodistas y lingüistas frente a 2022. Y grandes cabeceras como The Washington Post han anunciado reducciones masivas de plantilla en los últimos meses.

¿Es la IA la única causa? Evidentemente no. Pero sí es un acelerador. Un argumento de eficiencia que, en demasiados casos, se traduce en menos periodistas y más automatización.

Aquí emerge una nueva figura: el especialista en prompts. Alguien que sabe hablarle a la máquina, dirigirla, acotarla. En teoría, una evolución lógica del oficio. En la práctica, una señal de que el valor ya no está solo en escribir, sino en saber orquestar la tecnología sin perder el control editorial. El problema es que el mercado puede caer en la tentación de sustituir criterio por instrucciones bien formuladas. Y eso es un error de base.

Porque la IA escribe con fluidez, pero no verifica. Redacta con seguridad, pero puede inventar datos. Construye argumentos coherentes que, en ocasiones, no están sustentados en hechos reales. Las llamadas “alucinaciones” no son un detalle técnico: son un riesgo reputacional. Publicar sin validar no es innovación; es irresponsabilidad. Y en periodismo, la responsabilidad es el núcleo del oficio.

Lo que más me inquieta no es el error evidente, sino el error plausible. Una cifra ligeramente incorrecta. Una atribución que parece verosímil. Una fecha desplazada. Ese tipo de fallos que no saltan a simple vista y que, si no se contrastan con la fuente original, acaban erosionando la credibilidad. La IA no puede ser fuente. Puede ser apoyo, borrador, asistente. Pero nunca la última palabra.

Además, hay un daño más silencioso: la pérdida del estilo. Cuando múltiples medios utilizan herramientas similares sin una dirección editorial fuerte, el lenguaje se homogeniza. Titulares intercambiables. Párrafos impecables pero sin alma. Textos correctos que no dicen nada distintivo. El periodismo no es solo información; es mirada. Y la mirada no se genera con un algoritmo.

En las agencias de comunicación el impacto es igual de profundo. Si las redacciones automatizan, nosotros no podemos limitarnos a producir más comunicados generados por IA. Tendremos que convertirnos, cada vez más, en relaciones públicas de alto valor y en humanizadores de la tecnología. En profesionales capaces de aportar contexto, estrategia, sensibilidad y ética. La diferencia competitiva ya no estará en quién redacta más rápido, sino en quién construye relaciones más sólidas y mensajes más humanos.

Porque si algo no puede replicar un algoritmo es la empatía. No puede escuchar el silencio incómodo de una entrevista. No puede interpretar el matiz emocional de una fuente vulnerable. No puede asumir responsabilidad moral sobre el impacto de una publicación. En un entorno saturado de textos automáticos, el verdadero diferencial será la capacidad de conectar con personas reales.

No soy tecnófobo. Creo que adaptarse es imprescindible. La IA puede ayudar a transcribir, resumir, ordenar datos, detectar patrones. Puede liberar tiempo para tareas de mayor valor. Pero solo si hay periodistas detrás tomando decisiones, validando, cuestionando. El problema no es la herramienta; es el uso acrítico.

La pregunta no es si la IA sustituirá periodistas. La pregunta es si el periodismo será capaz de redefinir su valor antes de que otros lo hagan por él. Si acepta convertirse en una fábrica de texto eficiente o si reivindica su papel como servicio público basado en criterio, contraste y humanidad.

La llegada de la inteligencia artificial no se puede frenar. Pero sí se puede encauzar. Y para hacerlo necesitamos menos fascinación tecnológica y más reflexión ética. Menos obsesión por el prompt perfecto y más compromiso con la verdad verificable.

Si el periodismo quiere sobrevivir en esta nueva etapa, tendrá que recordar algo elemental: no nació para producir contenido, sino para generar confianza. Y la confianza, a día de hoy, sigue siendo profundamente humana.