La actuación de Bad Bunny en la Super Bowl no puede leerse únicamente como un hito musical. Fue, sobre todo, un ejercicio sofisticado de comunicación simbólica en uno de los mayores escaparates mediáticos del planeta. En un evento históricamente asociado al entretenimiento masivo, el artista puertorriqueño transformó el espectáculo de medio tiempo en una narrativa identitaria que dialoga con debates contemporáneos sobre cultura, representación y pertenencia. No fue solo un show; fue un mensaje cuidadosamente construido.
Por Iván Castillo, director de Asuntos Corporativos de ATREVIA Norte / 11 de febrero de 2026
A esa lectura simbólica se suma otro elemento relevante desde la perspectiva comunicativa: las declaraciones del propio artista en torno a la inmigración y la experiencia latina en Estados Unidos. Su discurso público ha insistido en la dignidad, la aportación cultural y la humanidad de las comunidades migrantes; un posicionamiento que dialoga directamente con la narrativa visual presentada en el escenario. Esto no convierte la actuación en un mitin, pero sí la sitúa dentro de una estrategia coherente de identidad pública: la representación cultural no aparece desligada del contexto social, sino alineada con una voz que, fuera del espectáculo, también reivindica visibilidad y respeto.
Escenografía como relato: identidad en clave visual
Desde el inicio, la puesta en escena se alejó de la estética abstracta habitual para anclarse en referencias culturales concretas. Elementos de vida comunitaria, códigos visuales caribeños y escenas que remitían a lo cotidiano funcionaron como un sistema de signos reconocible para millones de latinos, pero también legible para audiencias globales.
En términos de comunicación, esto supone un giro relevante: no se trató de “decorar” el escenario con exotismo cultural, sino de instalar una narrativa visual con memoria, territorio y contexto social. La cultura dejó de ser adorno para convertirse en argumento.
La lengua como posicionamiento estratégico
Cantar en español en el evento televisivo más visto de Estados Unidos no es una casualidad artística; es una decisión comunicativa. Bad Bunny no tradujo su identidad para hacerla más digerible: desplazó el centro simbólico del espectáculo hacia su propia cultura lingüística.
Este gesto rompe con la lógica histórica de asimilación que ha marcado la presencia latina en la cultura mainstream. Desde la perspectiva comunicativa, es una inversión de jerarquías: el español no aparece como elemento invitado, sino como idioma protagonista en un escenario global.
Simbología sin consigna: la política de lo implícito
Uno de los aspectos más interesantes de la actuación fue su capacidad de articular significado político sin recurrir a mensajes explícitos. No hubo eslóganes ni llamados directos. Sin embargo, la selección de imágenes, vestuario, escenografía y gestos construyó un discurso sobre identidad puertorriqueña, diáspora y resiliencia colectiva.
Esta es la lógica de la comunicación cultural contemporánea: la carga política no siempre reside en la consigna, sino en la representación. Mostrar quiénes somos, cómo vivimos y qué símbolos nos definen en un escenario históricamente dominado por narrativas anglocéntricas es, en sí mismo, un acto de posicionamiento.
Redefinir “América” desde el escenario más americano
La Super Bowl es uno de los rituales mediáticos más potentes de la identidad estadounidense. Insertar en ese espacio una narrativa latina, caribeña y transnacional implica disputar el significado de lo “americano”.
Bad Bunny no confronta; reconfigura. Amplía el marco simbólico para que América deje de ser una categoría cerrada y se convierta en un espacio cultural plural. Desde la teoría de la comunicación, estamos ante un caso claro de reencuadre narrativo: no se niega el símbolo dominante; se expande su significado.
La conversación posterior también es parte del mensaje
Tan relevante como la actuación fue la reacción que generó. La polarización, el debate mediático y la conversación en redes no son efectos secundarios: son la continuación natural del acto comunicativo. Los grandes eventos culturales ya no terminan cuando se apagan las luces; se prolongan en la disputa interpretativa.
Y ahí radica otro acierto estratégico: una actuación que provoca conversación es una performance que trasciende el entretenimiento y entra en el terreno de la construcción de significado social.
Lo que vimos no fue solo a una estrella global cantando sus éxitos; fue un ejercicio de proyección cultural, donde música, estética e identidad se integraron en una narrativa capaz de circular globalmente sin perder su raíz local.
Bad Bunny utilizó el escenario más mainstream del mundo para afirmar una identidad históricamente periférica, sin traducirla ni simplificarla. Esa decisión convierte su actuación en un caso de estudio sobre cómo el entretenimiento puede funcionar como plataforma de comunicación estratégica, representación cultural y resignificación simbólica.
En tiempos donde las audiencias son cada vez más conscientes de los mensajes detrás de las imágenes, actuaciones como esta demuestran que el espectáculo, cuando está bien pensado, puede convertirse en discurso.







